Días de Duelo


¿Qué se le ofrece? ¿no sabe que estamos en guerra?
- a unos pasos el oficial descubrió el ajado semblante de la mujer. Tenía más de cincuenta años. A su lado el chino parecía tiritar de frío.
-Vengo a buscar el cuerpo de mi esposo.
Hay muchos muertos, señora, mejor vuélvase a casa-
se suavizó el enemigo.
-No me iré sin él. Tengo obligación de darle cristiana sepultura.
-No estoy autorizado para franquear el paso a nadie...¿Cuál es su nombre?
-Dolores Grau de Gómez. Mi esposo era el coronel Manuel María Gómez.
Oficial y tropa cambiaron miradas. Acaso es familiar del almirante al que los chilenos enterraron con honores militares.
La dejaron pasar. La hermana mayor de Miguel Grau sabía adonde dirigirse...
Bruñidos gallinazos negros se alínean sobre la cortina del reducto, constatando la quietud de los cadáveres. Por segunda vez en tres días, la guerra les obsequia un incontable almuerzo.
-¡Malditos!-prorrumpió Dolores saltando de la carreta. También Francisco los espanto a pedradas. después ella se tambaleó y tuvo que apoyarse un rato en el brazo del cocinero. Nadie consiguió disuadirla de hacer este viaje. Si el coronel Gómez ha muerto, debe enterrarlo. Y si está herido, no inpedirán que ella misma lo conforte. Tardó en reconocerlo entre un centenar de cadáveres. El valeroso coronel yacía boca arriba, cerca de la ametralladora y del destrozado guardiamarina Moreno.
Una expresión de horror, casi una fealdad que ella no le había conocido, se enfriaba en su rostro de cera. Sacudida por sollozos, lo cubrió con su propio cuerpo, como si aún fuese posible abrigar su agonía...
La Batalla de Lima-Guillermo Thorndike.

Noches siniestras fueron las del 15 y 16; la ciudad sin
luz aumentaba la tristeza de los habitantes...
Noches que no se borrarán jamás del recuerdo de los peruanos, noches tétricas de tinieblas y de sangre; noches de sepulcros abiertos que esperaban a los buenos soldados para protegerlos con la eterna blancura de sus losas. ¡Noches de fúnebres remenbranzas! ¡Quién pudiera suprimirlas de la historia patria! ...
Una mujer joven, cubierta con una negra manta de seda china, que pesaba sobre sus débiles hombros, de inclinación doliente, se deslizaba con cautela hacía la ambulancia de San Carlos, para hacer trasladar a su esposo el coronel Andrés A. Cáceres, al Hospital de sangre de San Pedro. Ya la noche anterior su viaje había sido mayor, cuando aun ignoraba dónde estaba el herido: detenía los grupos de soldados que a su paso encontraba, preguntándoles si no lo habían visto; alguien le respondió: " retírese Ud. señora, sin cuidado y no se exponga; los valientes no mueren."
La Campaña de la Breña-Z. Aurora Cáceres.